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Derechos de autor, Copyright y propiedad intelectual.

"Internet es la máquina de copiar más gigantesca, más universal, más veloz, más fiable y más anónima que jamás se haya inventado", dijo hace poco Lois Wasoff, consejera de Houghton Mifflin en asuntos de propiedad intelectual. La edición se ha basado hasta ahora en ciertos supuestos sobre el copyright. Uso la palabra inglesa porque es mucho más descriptiva: se refiere directamente al derecho de control de reproducción que ciertos actores (en este caso, autores y editores) tienen sobre una propiedad intelectual equis. Las leyes de Propiedad Intelectual regulan este derecho y garantizan a esos actores una compensación económica por los usos de sus trabajos. Hasta hace poco, estos supuestos se apoyaban en la tecnología del libro, que fue la que dio lugar a ellos: era más difícil hacer copias y la calidad de esas copias solía ser inferior a la del original. A pesar del auge de la fotocopia, sobre todo en los mercados de habla castellana y en particular en Hispanoamérica, como señaló con cifras alarmantes el editor mexicano Hugo Setzer, el mecanismo es lento, caro y el producto final, desagradable. Para Lois Wasoff, estos supuestos que hacían posible la actividad editorial han sido quebrantados por la amplia disponibilidad de la distribución digital. Las nuevas tecnologías posibilitan que los usuarios de material protegido copien y distribuyan esas copias inmediatamente a otros usuarios y, aunque estas actividades son formalmente ilegales, la imposibilidad práctica de perseguirlas y castigarlas en el mundo global del ciberespacio fomenta el desprecio de amplios sectores del público hacia las leyes de Propiedad Intelectual. La empresa británica Envisional ha presentado los resultados de una investigación sobre obras con copyright que circulan libremente en la Red. Sólo en inglés, a fines de agosto de este año, la estimación superaba los 7.000 títulos. Ni siquiera las aventuras de Harry Potter se salvaron del pillaje. Y las cifras siguen creciendo. No sorprende que el formato más común de esta piratería sea el .txt, la fórmula digital más simple para convertir documentos escaneados. En cambio, sí es sorprendente que los posibles compradores de un libro (en formato digital) descarguen estos archivos. Uno podría pensar que la solución del editor y su deber para con los autores sería meterse de cabeza en el terreno todavía experimental del libro electrónico y competir con los piratas mediante la oferta de un producto de mayor calidad y más utilitario, con una tecnología que permita el control de la reproducción. Y de alguna manera lo es. Pero esto no implicará nunca una seguridad del 100 %. Cuando Envisional comenzó su investigación, el porcentaje de obras pirateadas en formatos mucho más legibles, como el de Adobe o el de Microsoft, era insignificante. Al terminarlo, ese porcentaje había llegado al 16%. Ésta es la excusa de muchos editores para no bajar a la arena del libro electrónico. Una política del avestruz que esconde otros miedos: el mayor de ellos, el miedo a la inversión. Pero un empresario que no invierte para salvaguardar su producto que es, en realidad, propiedad de un autor que le ha cedido temporalmente los derechos de explotación, ¿está en condiciones de reclamar compensaciones por su "trabajo"? Un empresario que no invierte en tecnología ni interviene en la necesaria discusión que redefinirá su quehacer y su lugar social está llamado a desaparecer, sea en la industria del libro o en cualquiera otra. Nunca ha existido, en la larga historia del libro y la lectura, una tecnología de edición totalmente segura en la salvaguarda de los derechos de reproducción de una obra. Esta utopía sólo es posible si la obra no se hace pública: escriba y guarde el original en una caja fuerte. Señalaba Bob Bolick, que si todavía no hay un modelo de negocio eficiente para la circulación y distribución del libro digital es a raíz de todas las ambigüedades que rodean el debate sobre propiedad intelectual y derechos de reproducción. Para comprobarlo, basta visitar algunos de los foros de discusión surgidos tras la aparición pirata de las novelas de Harry Potter y otros libros para niños y adolescentes. La confusión del usuario es terrible. El objeto digital no se reconoce como tal y esta dificultad cognitiva está directamente relacionada con la intangibilidad de Internet. El argumento con el que los padres han salido a defender a los niños que llevan al colegio los libros pirateados en sus Palm y allí los comparten con sus amigos pasándolos a otros dispositivos, refleja la incomprensión del nuevo medio: lo comparan con la experiencia de compartir un libro con alguien afín mediante el préstamo del ejemplar en papel, que luego era devuelto a la biblioteca personal correspondiente. (más…)